domingo, 12 de febrero de 2012

Solía contarnos no muy comunes historias antes de dormir.


Fotografía de Lissy Laricchia (2010).











Anoche soñé que me caía; desperté y noté que me había puesto de pie.



Cinga.

Por el valle dos niños
como un ciego caminan,
a tientas indescifrable descifrable multicromática,
estela fosforescente,

a plena oscuridad
un rayo de luz camina, vuela, se cuela,
entra, tímidamente se encuentra hablando
con las siluetas, el tambor, el tambor más grande del mundo,
los rincones más tranquilos,
la sorpresa del encuentro,
que es lo que para aquí dentro:
la ternura del fuego,
dentro la calma del alma,
dentro los pasos no pesan porque son de peces
dentro la calma mientras el mundo terror se desmorona,
dentro el pecho no se rasga,
se ensancha,

crisálidas germinan,
después vuelan,
después fruto,
después hombre,

tarde la hora
como caida libre
acá dentro la prueba desborda,
hace volar a lo que ya palpita
como nadar en mar abierto,
como por primera vez ave,
como sentado, como cuando pasa una brizna,
incandescentes masas las narices frías,

puntual
de las ansias
el afelio y el gélido recuerdo,
la victoria del deseo
de la certeza el navegante va,

la montaña llega,
de plantas el mar se tupe,

los habitantes del cuerpo aeurudito,
cuerpo constelación,
así quiero soñar,
despertar.


 
Diego Ayala

miércoles, 1 de febrero de 2012

Otro salvador a la pena de muerte

"Pietà" - Paul Fryer, 2006.




Jis y Ari Volvochich lo ilustraron muy bien "Para hacer un mártir hay que empezar por los clavos" (2011, p.67) y es que es imposible negar que en nuestros días la tragedia se convierte en un buen sacrificio, el castigo aparenta ser merecido y el dolor entre más puro reditúa más.  No se puede ser santo hasta que no se esté muerto, entonces ¿cuántos mártires cuesta la entrada al cielo?



Cinga.